El pasado miércoles, en un Vips de la calle Velázquez de Madrid, al que suelo yo acudir cada miércoles bien pasada la medianoche por motivos que no vienen al caso, me encontré con Carlos Marin, del exitoso grupo Il Divo.
Lo que más me sorprendió, aparte de la ingente cantidad de maquillaje que llevaba y que le hacía tener una extraña tonalidad marrón que contrastaba con el carísimo blanqueado de sus dientes, fue que no estuviera acompañado de su inseparable Geraldine Larrosa. Resultaba raro verlo con un grupo de amigos sin su barbie oxigenada, porque desde que se conocieron hace 16 años se han mantenido unidos como siameses, seprándose sólo cuando el trabajo lo hacía estrictamente necesario.
Pero al fin ve la luz el motivo de esta inexplicable separación, y se trata de una demanda de divorcio que ha sido presentada en un Juzgado de Madrid. Será una separación amistosa, y al estar ambos de acuerdo será un “divorcio express”.
Se conocieron mientras ensayaban el musical Los miserables. La pareja se casó, tras 13 años de relación, en una boda de cuento de hadas que el cantante de Il divo le preparó por sorpresa a Gerarda, digo Geraldine, (que suena un poco más glamouroso), y en la que la novia tuvo la oportunidad de convertirse literalmente en un Cenicienta de verdad, con su carrozal de cristal y todo.
Pero todas las carrozas de cristal se acaban convirtiendo en calabazas antes o después, y eso es lo que les ha pasado tras 3 años de matrimonio, que se les acabó el amor de tanto usarlo. Lo que no sé es cómo de tan empalagosos no han acabado muriendo de un subidón de azúcar o algo parecido. Carlos ha declarado que no habido terceras personas por ninguna de las dos partes, sino que simplemente habían “dejado de verse como marido y mujer”. ¿Cómo vamos a creer en el amor el resto de los mortales, si ni siquiera funciona el matrimonio perfecto entre una Barbie y su Ken?… En fin…
Vía | www.elsemanaldigital.com
Fotografía | www.hola.com
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